Recuerdos del pasado que entienden lo que siento
Esta noche recordé esta anécdota, y se sintió tan bien escribirla en papel, que me pareció buena idea también contársela al ciberespacio, con el simple fin de poderla decir en voz alta.
Algo que tienen que saber de mí es que intento incomodar lo menos posible; siempre siento que estorbo. Por eso casi no hablo, a menos que tengamos confianza, porque siento que soy un inconveniente y no me gustaría que las otras personas tengan que lidiar conmigo, así que es mejor simplemente observar.
No me molesta, hasta cierto punto. Ya estoy acostumbrada a que mi opinión no se tome en cuenta, a que lo que a mí me gusta no se haga, a que a nadie le importe lo que pienso y siento. Sé que está mal, pero después de todos estos años ya me lo creí, lastimosamente. Nadie es perfecto.
Todo eso me lleva a que algún día explote, pero no se preocupen, no se lo hago saber a las personas en el mundo real, no, eso no va conmigo. Lo que hago es escribir, llenar de tinta mi cuaderno y llorar en la soledad de mi habitación hasta que todo sale. Y ahora sí que salió.
Bueno, como les dije arriba, por un motivo aleatorio se me vino la siguiente anécdota, y es un copia y pega de lo que escribí en mi diario:
Cuando estaba en el colegio, en mi penúltimo año, estaba tan deprimida (en ese tiempo no lo sabía, ahora sí) que un día solo quería desvanecerme y no hacer nada, pero no del buen hacer nada, sino del malo.
No sé si me entienden esa parte, pero se siente como que no quieres moverte, o mejor dicho, no puedes moverte porque tus ánimos están por el suelo y sientes cómo lentamente tu espíritu se va deshaciendo con el paso de las horas, y lo único que deseas es ya no sentirte así. Recuerdo vívidamente ese sentimiento.
Entonces, no sé si fueron los ánimos o qué, pero decidí lavarme el cabello. En mi pensar en ese momento, fue signo de mejoría. Me sentía un poco mejor, porque como dije, me sentía tan triste que quería quedarme en mi cama hecha bolita, sintiéndome mal conmigo misma.
Y recuerdo muy bien que cuando mis papás llegaron del trabajo (mi mamá trabajaba en ese entonces) y me preguntaron qué había hecho en todo el día, yo, muy orgullosa de mí misma, les dije que me había lavado el cabello.
Ellos obviamente no entendieron, porque no notaron desde antes toda la tristeza que acarreaba ese año. Creo que hasta se enojaron, porque desde su perspectiva solo había estado acostada haciendo nada todo el día. Recuerdo que sí me puse triste de que no reconocieran que me había lavado el cabello, pero obviamente tampoco lo que representaba para mí.
Ese año fue duro para mí, pero ahora que lo estoy recordando, lo que me salvó fue conocer a mis mejores amigas. Por ellas sobreviví ese y los años siguientes. Les estoy muy agradecida.
Aún estoy dudando si publicar esto sea buena idea; el hecho de que sepan cómo me siento me pone muy incómoda, pero eso es definitivamente cosa mía. Es momento de dejar la incomodidad de lado, dejar de pensar que tener sentimientos públicos es debilidad, y dejar de pensar que no puedo expresarme.
Parte de mi crecimiento es justo esto: enfrentarme a mí misma y por fin dejar atrás todo aquello que no genere frutos en mí.

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